Si quisiéramos resumir los últimos veinte años del póker sin escribir un libro, bastaría con un mapa. Trazamos una línea entre las ciudades donde los grandes circuitos armaron sus mesas finales —Barcelona, Foxwoods, Montecarlo, Macao, Bogotá— y tenemos, casi sin proponérnoslo, la historia de dónde se legalizó el juego de casino, dónde fue a buscar audiencia el dinero de la televisión, y dónde una clase media en crecimiento empezó a comprar pasajes de avión para ver a desconocidos jugar cartas.

El European Poker Tour y el World Poker Tour son los dos circuitos que más hicieron para convertir ese mapa en una industria. Nacieron con dos años de diferencia, en orillas opuestas del Atlántico, y armaron sus rutas por razones casi opuestas. Uno heredó una geografía de casinos que ya existía. El otro tuvo que inventarla desde cero.

Esa diferencia de partida sigue definiendo dónde ocurren los torneos hoy, y vale la pena tomarla en serio, porque elegir una sede nunca es neutral. Dice algo sobre las leyes de un país, sobre el dinero, y sobre a quién cree un torneo que le está hablando.

Dos circuitos, dos puntos de partida

El World Poker Tour se lanzó en 2002, creación del productor televisivo Steven Lipscomb, y salió al aire por el Travel Channel al año siguiente. Sus primeras temporadas recorrieron salas que ya eran íconos del juego estadounidense: el Bicycle Casino y el Commerce Casino en el área de Los Ángeles, el Foxwoods Resort Casino en Connecticut, el Bellagio en Las Vegas. El WPT no necesitó construir un circuito; necesitó licenciar sus cámaras y su marca a uno que existía, en alguna forma, desde los años setenta.

El European Poker Tour, lanzado en 2004 por John Duthie con respaldo de PokerStars, no tenía esa herencia. El juego de casino en el continente era legal en decenas de jurisdicciones, pero fragmentado, regulado país por país, sin una historia compartida de grandes torneos televisados. Los fundadores del EPT tuvieron que decidir, mercado por mercado, dónde era siquiera posible una parada —y luego convencer a un casino, a una ciudad y muchas veces a un regulador nacional de que valía la pena hacerlo.

Franquicia versus bandera propia

Esa diferencia produjo dos formas distintas de pensar la geografía. El mapa inicial del WPT es el mapa de los casinos estadounidenses que ya existían —sigue los lugares donde ya había salas grandes, tanto tribales como comerciales. El crecimiento del torneo en su primera década fue, sobre todo, sumar más de esas salas al calendario, no construir nuevos destinos de póker.

El mapa del EPT, en cambio, se construyó pensando en el turismo desde el inicio. Barcelona se volvió una fecha fija de verano. Praga, más barata y accesible para el público continental, se convirtió en una parada confiable de temporada baja. Montecarlo, con su prestigio histórico como plaza de juego, albergó la final de temporada durante años. No eran simplemente casinos que también recibían torneos: fueron elegidos, en parte, porque una semana de póker televisado llenaba hoteles y restaurantes en una ciudad que quería ese movimiento.

  • Primeras sedes del WPT: Bicycle Casino y Commerce Casino (área de Los Ángeles), Foxwoods Resort Casino (Connecticut), Bellagio (Las Vegas)
  • Primeras sedes del EPT: Barcelona, Montecarlo, Baden (Austria), Deauville (Francia), Dublín, Copenhague
  • Expansiones regionales que siguieron la misma lógica: el Asia Pacific Poker Tour (desde 2007) y el Latin American Poker Tour (desde 2008)

El dinero se mueve hacia el este y hacia el sur

Una vez que el modelo existía, viajó. PokerStars lanzó el Asia Pacific Poker Tour en 2007, con paradas en Macao, Manila, Seúl y Melbourne, siguiendo el mosaico regulatorio propio de la región: fuerte en Macao, restringido en la mayor parte de China continental, permisivo en Filipinas. El WPT lo siguió con su propia marca asiática pocos años después.

Más cerca de esta publicación, PokerStars lanzó el Latin American Poker Tour en 2008, con paradas en São Paulo, Punta del Este, Mendoza, Lima, Ciudad de Panamá y Bogotá. Llegó casi en el mismo momento en que nació EntrePoker, y por la misma razón de fondo: una industria regional de casinos y turismo que crecía lo bastante rápido, y con suficiente estabilidad legal en un puñado de países, como para sostener un circuito televisado.

El calendario de un circuito es, en el fondo, el mapa de dónde coinciden al mismo tiempo los reguladores, los casinos y los viajeros.

Lo que una sede recibe y lo que entrega

Nada de esto es gratuito para ninguna de las partes. Un casino anfitrión recibe cobertura mediática, una semana de tráfico alto en su piso, y el prestigio de tener una marca reconocida asociada a su nombre. Una ciudad o un ente turístico recibe ocupación hotelera y gasto en restaurantes de jugadores y equipos que suelen quedarse mucho más tiempo que el torneo mismo. A cambio, el casino compromete dinero real —premios garantizados, costos de producción televisiva, personal— mucho antes de que se reparta la primera mano, sin certeza de cómo van a cerrar los números.

El lado regulatorio del asunto pesa igual o más. Un país que hace simple que un jugador extranjero traiga efectivo al cruzar la frontera, o que tiene reglas claras sobre el tratamiento fiscal de las ganancias de torneo, se vuelve una parada más fácil que uno donde esas reglas son confusas o punitivas. Esa es la razón silenciosa, pero real, por la que algunas ciudades aparecen en el calendario durante una década y otras reciben un solo evento y desaparecen.

El mapa de hoy

El WPT ha cambiado de dueño varias veces desde sus primeros años, pasando de su propiedad estadounidense original a un grupo inversor chino y luego a una firma de capital privado, antes de terminar en manos de Bally's Corporation. Cada cambio trajo un apetito distinto por la expansión internacional, y la presencia del torneo fuera de Estados Unidos ha crecido y se ha contraído en consecuencia.

El EPT, todavía bajo la propiedad de PokerStars, ha conservado sus sedes europeas centrales —Barcelona y Praga a la cabeza— mientras se ha vuelto más discreto en algunos de los mercados más pequeños que antes visitaba. Mientras tanto, el crecimiento más reciente, en América Latina y en partes de Asia, refleja un hecho simple: los países que pasaron los últimos quince años construyendo reglas claras y estables para el juego de casino son los que hoy aparecen en el calendario, y los que todavía no resuelven sus reglas, no.

Nada de esto le dice a un lector si debería sentarse en una mesa, y no debería hacerlo. Lo que sí nos dice, si lo leemos con cuidado, es dónde cree la industria que vivirán sus futuros clientes. El próximo redibujo del mapa —y lo habrá— seguirá la misma lógica de siempre: donde la ley es clara, los casinos son reales, y alguien está dispuesto a pagar por mirar.

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